Por Cristóbal Moya
Cuando uno cierra los ojos escuchando un disco, siempre vienen miles de imágenes a la mente. Así, cada disco, cada banda y hasta cada canción tiene su imaginario diferente, muchas veces influenciado por la estética de la banda (fotos, videos, gráfica de discos, etc.) y otras, por la música en sí, como es el caso de los discos regrabados o bajados, y de bandas que escapan de la sobre exposición mediática que reina en estos tiempos. Como sea, la asociación música-imagen es prácticamente imposible de rehuir.
Las imágenes que ocurren al escuchar esta nueva entrega del cuarteto de Brooklyn, Post Abortion Stress, son casi tan curiosas y perturbantes como el nombre de la banda. Y no porque se trate de un disco en extremo estridente o demasiado inaccesible. Tampoco es un puñado de canciones para todo el mundo, claro está. Lo más extravagante del disco (y quizás una de sus mayores fortalezas) es que juega con la decepción y la sorpresa constante, en el buen sentido de la palabra. Los diferentes ritmos y sonidos espectrales que aparecen a lo largo de la escucha, logran que esta "reconstrucción" no caiga en la letanía y sopor en el que podría haber caído, gracias a un buen sentido del espéctaculo, es decir, en tener en cuenta al auditor, y tener las ganas de comunicar, más que de dárselas de superestrella de la oscuridad. Es que la invasión sonora va de lo abstracto a lo concreto de un track a otro (basta escuchar la transición de "Sound of thought in motion a here ing voices", excelente titulo por cierto, para notarlo), proyectando imágenes que remiten a los cuadros de la más oscura psicodelia, bueno, dependiendo del imaginario de cada auditor.
Sonidos y ruidos casi imperceptibles (a ratos creo que sólo mis perras podían escuchar lo que sonaba) oscilan entre lo actual y una actualización (o reconstrucción) de la imaginería que se tenía en los 90's de la Electrónica Dance (nombres como Eat Static o Sabres of Paradise me vienen a la cabeza) mezclada con el satanismo disco de Thrill Kill Kult y/o Sheep on Drugs. Y aunque estos nombres puedan aparecer a ratos, es sólo como referente. Otro punto a favor de la banda es su originalidad y personalidad propia e irrepetible, haciendo de los ocho temas del disco (sí, lamentablemente son sólo ocho) interpretables sólo por PAS y los diferentes artistas invitados para cada canción. Y es que en manos de otros, el descontrol estético, la falta de coherencia y consistencia y el sopor y letanía antes nombrados, hubiesen sido inminentes. El resultado, por el contrario, un producto que viene de la experimentación y el interés por crear nuevos espacios auditivos.
Así, entre temas que pueden dejarte clavado a la cama mirando al infinito y canciones que pueden hacerte desear que la pista de baile sea sólo tuya, se debate esta entrega, y lo que la hace más interesante, es que todo esto resulta bastante natural y poco forzado, casi como si no pudiese haber sido de otra forma, otorgándole frescura y originalidad al proyecto, el cual podría haberse ahogado en pretensión y sabihondería de no ser por las inyecciones de destellos Pop que se dejan entrever a ratos y un norte claro respecto adonde se quiere llegar, cómo y por qué.
Calificación:
cuatro copas y media de absenta.
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Cristóbal Moya / Columnistamoya.cristobal(arroba)gmail.comCristóbal estudió en la Escuela de Cine de Chile, egresó el 2006 de Director de Arte, ha participado en diversos cortometrajes y largometrajes en el grupo Guionistas Chile como miembro estable y en distintas exposiciones colectivas de artes vicuales. Tocó guitarra y cantó 5 años en la banda Brandon Teena, y al momento toca en la banda La Iglesia de Abigail y en El Perro del Hortelano, su proyecto solista. En estos momentos trabaja en el guión de un largomentraje a producirse a finales del 2011, y en distintos proyectos plásticos y audiovisuales junto a Babylon Projects. |

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