Santiago tiene una pena

Santiago tiene una pena, de Diego Riquelme y Felipe Orellana (2008)

Por Tilo Nurmi

Salen de sus casas por la mañana y se despiden de sus hijos con cariño. Antes, preparan desayunos, mochilas e instrumentos. Algunos ensayan frente a las partituras y luego salen a la calle a trabajar. Caminan algunas cuadras hasta el paradero más cercano y se dirigen a un punto de encuentro, o al paradero de partida, donde inician la jornada musical en trayectos de ir y venir arriba de los buses del Transantiago.

Por opción han elegido trabajar en la locomoción colectiva. No son cesantes. No mendigan dinero. Son artistas y cantores populares de la calle. Los buses son su escenario.

Tienen un sindicado que los representa y a través del cual luchan por tener un reconocimiento en tanto trabajadores, y para acceder también a la protección social como cualquier trabajador de otra área y rubro.

Hacen frente todos los días al rostro gris del santiaguino, que con indiferencia apoya la cabeza sobre el vidrio, tratando de conciliar un sueño apurado, antes de comenzar su propia jornada laboral. Con suerte alguien les ofrece una sonrisa y otros un aplauso merecido.

En una reconocida entrevista que una periodista francesa le hizo a Violeta Parra hablando en un perfecto francés, dialogan sobre lo siguiente:

"Periodista: Violeta, usted es poetisa, músico, hace arpilleras, pinta. Si yo le doy a elegir uno sólo de estos medios de expresión, ¿cuál elegiría usted? Si sólo tuviera ese único medio de expresión?

Violeta: Yo elegiría quedarme con la gente.

Periodista: Y renunciarías a todo esto?

Violeta: Es la gente que me motiva a hacer todas estas cosas."

Y es en esa respuesta que encuentra su eco el oficio del cantor del transporte urbano, que lleva directamente al corazón de la gente su mensaje y su música, como una fotografía instantánea del santiaguino y su ciudad.

El documental "Santiago tiene una pena" de Diego Riquelme y Felipe Orellana se queda también con la gente. Con esas personas que utilizan Transantiago como medio de transporte, mientras los artistas lo utilizan como un escenario. Es un relato visual poético y entrañable, sin más narrador que la cámara siguiendo un día en la vida de los tres músicos que forman parte del relato.

Este trabajo audiovisual es un regalo de chilenidad a su gente, una propuesta honesta y necesaria, hermosa y contundente, donde la cámara es un observador más entre todos nosotros, y para ser más precisos, es un oyente más que presta oído a la música de la calle, que proviene de las entrañas de lo que somos todavía, un patrimonio cultural propio de la calle y de la gente, que debe permanecer en el tiempo y fortalecerse.

Los cantores urbanos de la locomoción colectiva traen música a una ciudad de ruidos grises que necesita sonidos y colores, de belleza y corazón. Y este documental, es un buen ejemplo de lo hermosas que pueden resultar las cosas cuando se hacen pensando como lo hacía Violeta, precisamente en la gente.

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